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El miedo a simplificar

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El miedo a simplificar

“Yo esto lo quitaría”. Cinco palabras capaces de despertar un apego instantáneo e irrefrenable y hacer que todo parezca imprescindible. Como esa frase que lleva en el header desde el principio, ese servicio que sigue siendo importante pero no tanto  y los 37 años de experiencia que habrá que poner en algún sitio porque para algo son 37.

Y ahí empieza el famoso “por si acaso”, probablemente uno de los grandes acumuladores de contenido de cualquier marca. Porque claro, mejor dejarlo, no vaya a ser que justo eso que estamos a punto de quitar termine haciendo falta. 

Así, capa a capa, la marca va sumando mensajes hasta que la home intenta explicar prácticamente toda la empresa antes de que hayas hecho el primer scroll. Y simplificar, que, a priori, sonaba estupendamente, deja de parecer tan fácil cuando toca decidir de qué se puede prescindir.

¿Y si todo merece estar en primer lugar?

Visto desde dentro, casi todo tiene argumentos para quedarse. Si una empresa ha ido creciendo, es normal que la comunicación también lo haya hecho. Hay servicios que ganan peso con el tiempo y otros que siguen ahí porque continúan teniendo sentido, aunque ya no sean lo primero que conviene contar.

Decidir qué priorizar implica aceptar que algo puede seguir siendo importante sin ocupar el centro. Marketing necesita que el posicionamiento se entienda bien y ventas sabe que hay servicios que siguen ayudando a cerrar proyectos. Las dos cosas pueden convivir, pero una tiene que hablar primero. 

Desde fuera la lógica cambia. Quien se encuentra con tu marca por primera vez no conoce todo lo que ha pasado hasta llegar ahí, ni necesita saberlo. Solo intenta entender qué tiene delante y decidir si merece la pena seguir mirando. Ahí el posicionamiento de marca sirve para algo muy útil. Hablarle a tu cliente y decirle “esto es para ti”.

IKEA vende una cantidad absurda de cosas y aun así no necesita presentarse enumerando el catálogo. Puedes entrar buscando una lámpara y salir con una estantería, unas velas y, con bastante probabilidad, albóndigas, pero alrededor de todo eso hay una idea de marca lo bastante clara para ordenar el conjunto. La complejidad sigue existiendo, simplemente no te la exponen en la puerta. Porque antes de decirte qué venden, ya sabes por qué estás ahí.

Quitar cosas no convierte automáticamente algo en simple

En identidad visual hemos vivido, y seguimos viviendo, unos cuantos años de logos perdiendo detalles. Primero desaparecen elementos, luego volúmenes, sombras y después se fusionan un par de letras. En algunos casos tiene todo el sentido del mundo, en otros, quitar tanto termina llevándose también toda la personalidad. Ese “porqué soy diferente al otro”.

En el sector del lujo se ha visto especialmente bien esta tendencia. Burberry dejó atrás durante un tiempo su histórico caballero ecuestre para apostar por un logotipo mucho más sencillo, aunque años después decidió recuperarlo. Marcas como Saint Laurent o Balenciaga también simplificaron sus identidades visuales, apostando por tipografías más limpias. El problema es que, cuando todas empiezan a simplificar siguiendo los mismos códigos, algunas acaban pareciéndose un poquito demasiado. Y resulta curioso que, en un sector donde diferenciarse lo es prácticamente todo, el diseño termine haciendo que unas marcas se confundan con otras.

Eso no significa que un logotipo sencillo no pueda tener personalidad. Mastercard puede utilizar sus dos círculos prácticamente solos porque esos círculos llevan décadas trabajando para la marca y Nike tampoco necesita escribir su nombre al lado del swoosh cada vez que aparece. Pero antes de poder quitar cosas, hubo años construyendo reconocimiento.

La simplificación funciona cuando detrás hay reconocimiento. Por eso el diseño estratégico tiene bastante menos que ver con borrar elementos que con saber cuáles están haciendo realmente trabajo. A veces tocará quitar y otras habrá que recuperar algo que hacía reconocible a la marca y se perdió en alguna de las actualizaciones que se hicieron. También puede ocurrir que lo más sensato sea dejarlo quieto, que es una decisión bastante infravalorada en branding.

Tener más marcas puede complicar las cosas

Con la arquitectura de marca pasa algo parecido. Una empresa crece, aparece una nueva división y unos años después compras otra compañía cuyo nombre tiene demasiado valor como para hacerlo desaparecer. El problema llega cuando intentas explicar cómo se relaciona todo y llenas una pantalla con logos y flechas. 

Cuando Santander compró Banco Popular, incorporó una marca con más de 90 años de historia y reconocimiento. Podría haber mantenido ambas, pero acabó integrando Popular bajo la marca Santander. La decisión suponía renunciar a un nombre conocido, pero también evitaba mantener dos identidades comerciales para una misma entidad.

Simplificar aquí va realmente de tener una buena arquitectura de marca. De saber cuándo merece la pena conservar una marca y cuándo tiene más sentido integrarla en otra. Porque cada marca que se mantiene necesita un papel dentro del conjunto y, si ese papel no está claro, la estructura acaba siendo más complicada de lo necesario.

Simplificar también es saber cuándo contar cada cosa

Simplificar tampoco significa que todo tenga que caber en tres palabras. Hay empresas con productos técnicos y servicios que necesitan contexto, y sería bastante absurdo quitar información importante solo para conseguir una web más minimalista.

La comunicación clara tiene mucho más que ver con el orden. Apple puede dedicar páginas enteras a explicar un producto, pero no te recibe con todas las especificaciones técnicas de golpe. Primero entiendes qué quiere destacar y, si después necesitas saber hasta el último detalle del procesador, puedes seguir profundizando con total tranquilidad.

En muchas webs B2B pasa justo lo contrario. Cada nueva necesidad consigue su bloque y cualquier ventaja parece merecer un icono. Por separado no resulta especialmente grave, pero juntas empiezan a competir por la misma atención y al final es la persona que entra quien tiene que decidir qué importa. Pero ese trabajo debería haber ocurrido antes.

El cajón de los cables existe en el branding

Lo difícil de quitar cosas es que casi siempre podemos encontrar una buena razón para conservarlas. Con los mensajes de marca pasa un poco como con ese cajón de casa lleno de cables que nadie se atreve a vaciar. No sabes exactamente para qué sirve la mitad, pero tirar uno parece peligrosísimo porque seguro que dentro de seis meses resulta ser el único cargador de algo súper importante, casi de vida o muerte.

Y así se van quedando frases o páginas enteras que nadie se atreve a tocar. Por eso simplificar exige criterio y algo de desapego. Hay que revisar qué sigue aportando y qué permanece porque lleva mucho tiempo en el mismo sitio. Puede que después de hacerlo decidas no quitar nada. Perfecto, pero al menos sabrás por qué sigue ahí.

Quizá ese sea el verdadero miedo a simplificar. Tener que decidir qué merece seguir adelante y, de paso, descubrir que algunas cosas ya no tienen tanto valor como pensabas.

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